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El Susurro del Tango: Cuando una Clase se Transforma en un Descubrimiento

María Olivera teaching in Portland, OR
María Olivera teaching in Portland, OR

A veces, los momentos más significativos en una clase no tienen que ver con perfeccionar un movimiento o dominar un paso. Surgen en el espacio entre uno y otro, en esos instantes de vulnerabilidad y conexión genuina. Hoy fue uno de esos momentos únicos.


Hoy, solo una alumna se presentó a clase. Ella (llamémosla "X") ha estado tomando clases de manera intermitente durante el último año. Es de esas personas que siempre parecen ir a contrarreloj, que completan las frases antes de que uno llegue a pensar cómo terminarlas. Su energía es intensa, y su cuerpo está en constante movimiento, como si nunca pudiera quedarse quieta del todo.


Apenas comenzamos, me contó que tiene anemia y que siente un temblor interno constante y que cree que es un síntoma de su condición. Me quedé pensando. No soy médica, pero con algunos conocimientos de fisiología, no me cerraba del todo. La anemia suele causar fatiga y baja energía, no un exceso de actividad nerviosa.


Sin querer contradecirla directamente, le propuse otra posibilidad: “¿Y si no es tanto tu cuerpo por falta de hierro, sino tu mente, que está respondiendo a la ansiedad de querer hacerlo todo perfecto?”

Un Paso a la Vez: Bailando con el Miedo


Decidí que lo mejor era trabajar despacio, centrándonos en el equilibrio—algo que siempre le resultó un desafío. Empezamos con ejercicios simples, moviéndonos de manera deliberada, paso a paso. Creé una pequeña secuencia que requería estabilizar el caminar y mantenerse sobre un pie durante unos segundos sin temblar.


Como era de esperar, necesitó hacer una pausa. Transpiraba mucho, como siempre, y me dijo con total sinceridad: “Cuando me pongo nerviosa, transpiro como loca.”

Le pregunté: “¿Y por qué estás nerviosa?”

Se quedó pensando unos segundos y respondió: “Por el miedo, supongo.”

Medio en broma, le pregunté: “¿Y a qué le tenés miedo? ¿Meto miedo yo?”

Y ahí fue cuando ocurrió algo extraordinario.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. “Le tengo miedo a los maestros”, dijo, con la voz temblorosa. “Ahora me acuerdo… Cuando estaba en la escuela, hacía errores de ortografía todo el tiempo, y mi maestra me retaba constantemente. Me sentía humillada y lloraba en clase.”

En ese instante, todo tomó sentido. Años de ansiedad, arraigados en una experiencia escolar dolorosa, habían estado condicionando cada nueva situación de aprendizaje.

La Pista de Baile: Un Lienzo en Blanco

Tomé todo lo que he aprendido en mi propio proceso personal de crecimiento personal, las voces de mis terapeutas y mi experiencia trabajando con adultos, y le expliqué que lo que acababa de experimentar era una revelación poderosa.

“No había nada mal en vos”, le dije. “El problema estaba en el método de tu maestra. Cuando un adulto reprende reiteradamente a un niño por cometer el mismo error, el problema nunca está en el chico, sino en la estrategia del docente. Esa frustración pertenece al maestro, no a vos.”

Hablamos sobre cómo, cada vez que aprendemos algo nuevo, sobre todo de adultos, volvemos a un estado casi infantil. Entramos en una etapa de exploración, donde todo está por descubrir, como si el papel estuviera en blanco. El rol del docente no es juzgar esos primeros intentos, sino acompañar el proceso, alentando la exploración y ofreciendo infinitas hojas en blanco para que el alumno se sienta libre de equivocarse, avanzando paso a paso a su propio ritmo.

Sus lágrimas se transformaron en una sonrisa. Se dio cuenta de que el miedo que había cargado durante tantos años ya no tenía que definirla.

La Pista de Baile No Es un Escenario, Es un Espacio de Creación

Cuando retomamos el ejercicio, todo había cambiado. Su cuerpo estaba relajado, su equilibrio era estable, y sus movimientos, fluidos y tranquilos. Hasta el tono de su voz era más sereno.

Por primera vez, no estaba apurada ni temblaba. Simplemente estaba ahí, presente, disfrutando del momento.

Bailamos un poco más, y fue la mejor vez desde que empezó las clases. Sus movimientos eran ligeros, naturales, llenos de confianza. "X" se fue feliz.

Yo contuve mis propias lágrimas de emoción.


El Tango: Un Camino hacia la Confianza y la Libertad Interior

El tango es mucho más que una serie de movimientos. Es un espejo que refleja nuestra historia, nuestros miedos y nuestras fortalezas. Enseñar tango no es solo guiar pasos, sino ayudar a las personas a reconectar con su esencia, a desprenderse de viejas capas de inseguridad y a descubrir, o redescubrir, su valor y su belleza.


Cada clase es un viaje único, una oportunidad para sanar, crecer y explorar nuevos territorios internos.


En el tango—como en la vida—no nos movemos en líneas perfectas ni en patrones predecibles. Damos pasos en falso, tambaleamos, corregimos y avanzamos, un paso a la vez. Y con cada paso, descubrimos algo nuevo: nuestra fuerza, nuestra gracia y la enorme libertad que trae una hoja en blanco.

5 Comments


Guest
Feb 06

GENIA TOTAL.!!!

TUS ALUMNOS TAN FELICES COMO "X".!!!

HERMOSA EXPERIENCIA.!!!

Gracias x compartirla.! ❤️

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Carla
Feb 06

SOS la mejor maestra d mundo mundial d tango Mariii!!

Resobé c esa historia. Gracias x compartir.🤗

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Caro
Feb 06

Hermoso

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Guest
Feb 06

Silvia

Maria ... es maravilloso lo que acabas de compartir!... ojala cada Maestro en cualquier disciplina lo aplicara. Un Niño es un Ser fragil por las Esperanzas y la inconciencia del niño y los miedos ....

Ojala cada Maestro pueda potenciar lo mejor .... sin generar miedos... que acompañan la vida adulta.

Que experiencia Sanadora para " X " mujeres y hombres.

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Gracias Silvia!


Así es, lo importante es poder redescubrirnos a través de lo que los maestros nos dejan.

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